Ella me escribía dormida, sobre una cama blanca, en
medio de un cuarto blanco, ella me escribía dormida. Jugamos a besarnos entre
montañas que nos parecían luces, infinitas. Sus gemidos me alentaban a seguir
amándola, en aquella noche de la cual, ni ella ni yo, éramos conocedores. Sus
caricias complementaban la rapidez de mi respiración. Tan distante, ella me
escribía en medio de un sueño anhelado. Jóvenes al fin. Afuera de aquel sueño,
su cuerpo se encontraba inmóvil, a la expectación de quien estuviese a su lado.
Sin embargo, quería continuar viéndome, queriendo algo, lo cual no sabía del
todo. La noche del lunes, fue la última vez que me besó en aquél lúcido mundo.
Al despertar, se encontraba en una habitación de hospital, apenas recordando
los rostros de las personas que allí se encontraban. Parecían felices, la
abrazaron, a pesar de eso, ella entristeció, preguntó por aquel hombre castaño.
Su esposo, ahí presente, le respondió que no había tal persona. La besó y ella
volvió a cerrar los ojos, con la esperanza de volver a la felicidad.
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