jueves, 29 de agosto de 2013

Luces infinitas

Ella me escribía dormida, sobre una cama blanca, en medio de un cuarto blanco, ella me escribía dormida. Jugamos a besarnos entre montañas que nos parecían luces, infinitas. Sus gemidos me alentaban a seguir amándola, en aquella noche de la cual, ni ella ni yo, éramos conocedores. Sus caricias complementaban la rapidez de mi respiración. Tan distante, ella me escribía en medio de un sueño anhelado. Jóvenes al fin. Afuera de aquel sueño, su cuerpo se encontraba inmóvil, a la expectación de quien estuviese a su lado. Sin embargo, quería continuar viéndome, queriendo algo, lo cual no sabía del todo. La noche del lunes, fue la última vez que me besó en aquél lúcido mundo. Al despertar, se encontraba en una habitación de hospital, apenas recordando los rostros de las personas que allí se encontraban. Parecían felices, la abrazaron, a pesar de eso, ella entristeció, preguntó por aquel hombre castaño. Su esposo, ahí presente, le respondió que no había tal persona. La besó y ella volvió a cerrar los ojos, con la esperanza de volver a la felicidad.

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